jueves, 29 de marzo de 2012

Rencontrándome con mis raíces

Durante una conferencia en Houston, TX, se me ocurrió llevar a un cliente a un restaurant peruano, en mi afán aventurero de presumirle lo rico de la gastronomía peruana y sentirme orgulloso de la misma, como buscando de alguna manera de reencontrarme con la parte peruana que aún vive en mi.

Mis ansias eran muy grandes, y mis expectativas mucho más, creciendo a una escala exponencial a medida que nos desplazamos milla por milla, en carro por supuesto, para llegar a un restaurant llamado Lemon Tree, en los alrededores de Houston.  Despúes de casi 31 millas / 49 kms y el tráfico de la tarde, llegamos  a un restaurant chico, de bajo perfil y discreto, nada que lo identificara con Perú, ni siquiera llamativo, ni colorido pinta característica y peculiar de la cultura latina.

Ya sentados, mientras leía el menú, en una disputa interna, mi mente y mi paladar trataban de llegar a un acuerdo paz sobre que pedir: ceviche, lomo saltado, chupe de camarones, tacu tacu, seco, jalea; peor aún, no sabía si ir directo al platillo fuerte o disfrutar cualquiera de las entradas. Pero una salomónica decisión destelló, eligiendo como platos al centro: ceviche y jalea, y como plato de segundo tiempo, uno de mis favoritos, el Lomo Saltado. 

En el fondo el restaurant se llenaba y lo interesante era que no sólo de peruanos, si no, gringos que venían a disfrutar o probar el fus de la gastronomía peruana. Aproveché el instante y los comensales se convirtieron en mis cómplices, como asegurando que fue una muy buena elección el lugar pero sobre todo, la comida. Mi cliente, por su parte, muy extrañado por los nombres en el menú, se le notaba el miedo por aventurarse a probar lo que yo le transmitía con mi entusiasmo. Cualquier elección era buena y no se iba arrepentir, sugerí platillos, pero el finalmente acertó igual con un tacu-tacu a la Lemon Tree.

Finalmente llegaron los platillos, y tanta algarabía y emoción quedaron por los suelos al ver que al menos en presentación las entradas carecían de eso mismo, personalidad y estilo peruano. Muy simples para mi gusto, pero no quise bajar mis ánimos, y continué con el degustación. No sabía que decir, el sabor estaba al mismo nivel que la presentación, era  imposible el dejar de pensar que había probado mucho mejores platillos en los restaurantes peruanos de Miami, y Ft. Lauderdale, o cuando los preparaba mi mamá o mi papá. Peor aún no sabía ni que decirle a mi cliente, porque por su rostro sólo decepción era lo que se percibía, un ceviche crudo, sin cebolla morada, con casi nada de cilantro y una jalea pobre, frita en un aceite muy recocido con mariscos que no tenían nada de frescos, hicieron del momento un momento muy incómodo.

Quise presumir de la gastronomía peruana a mi cliente mexicano, y yo sé que nuestra gastronomía es una delicia, tanto en presentación como en su sabor original y su gran variedad. Quise reencontrarme con mis raíces peruanas, y lo hice sintiéndome orgulloso de nuestra gastronomía y su gente, y prueba de ello llevé a mi cliente a lo que pensé iba ser el "highlight" del viaje, pero el restaurant, su servicio y, sobre todo, su carencia de ganas representada en su comida, se encargaron de derrumbar mis expectativas y mucho más las de mi cliente. Sólo la inca cola, levantó aquellos ánimos que traía, como lo único acertado de aquel momento.

No sé si por el querer reencontrarme con mis raíces, o por querer presumirle a mi cliente, elevé muy por alto lo que esperaba del lugar. Pero mi entusiasmo y orgullo del momento me hizo sentir y concluir que nunca hubo necesidad de reencontrarme, porque mi parte peruana, que pensé que se había enterrado al salir de Perú muy chico, sigue ahí dentro mí y me siento muy contento porque ahora lo tengo claro.

domingo, 25 de marzo de 2012

Una acelerada y diferente infancia la del siglo XXI

Este es mi primera entrada en ésto llamado "Blogging" y quiero escribir sobre algo que no hace mucho medité mientras observaba a mis hijos jugar en el patio con una mangera y el chorro de agua. Primero me trasladé varios años a trás cuando jugaba con amigos en la calle, entre una pelota, un trompo, volando papalotes,o simplemente comiendo fruta fresca, acabada de cortar de un árbol, arból donde pasabamos el tiempo platicando entre sus ramas. Como olvidar juegos como las escondidas, toca timbre, quemaditos, manejar bicicleta en la calle que de alguna vez se convirtió en complice de nuetras travesuras, risas y muchos buenos ratos.

En la actualidad, los niños crecen muy rápido, y su diversión esta sujeta a cosas materiales, como esclavos de una sociedad consumista en la que la inocencia se pierde entre Ipods, celulares, videojuegos, la TV y el internet. Nosotros los padres somos gran responsables de esta transformación de la infancia (y me cuesta trabajo aceptarlo como tal). Tan metidos en nuestros asuntos y trabajos que descuidamos y olvidamos lo que es convivir con la familia, con los hijos, y hasta con las esposas. A medida que uno crece, de alguna menera entramos en este juego en donde somos dependientes de estar conectado del mundo virtual, (el escribir este blog es un ejemplo de lo que digo) y nos desconectamos del vivir el día día. 

Los exhorto, si tienen familia y en especial hijos, de vez en cuando disfrutar un rato con ellos, a como lo hacían en sus viejos tiempos, y les aseguro que será un experiencia enriquecedora tanto a nivel personal como a nivel familiar.

Hasta la proxima...